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20/08/2021 - CFI

La Leyenda del Río Dulce

Hace unos mil años, cuando América no se había descubierto todavía, por donde hoy es la provincia de Santa Fe, Argentina, hubo una tribu de aborígenes, los Tewichis, que tenían sus chozas de paja, junco y barro.

Eran doscientos habitantes, todos familia. El cacique jefe, don Ardilla Chueca, descendiente de Toro Sentado, era el líder y quien ponía orden.

La tribu tenía sus chozas al lado del río Flores, llamado así porque alrededor tenía flores de Catleya, que son unas Orquídeas casi siempre violetas. En esa zona nunca hacía mucho frío, pero ellos iban vestidos. No mataban a los animales, sino que le sacaban la piel para hacer su ropa.

Ardilla Chueca tenía una compañera de vida, Ailín, que significa en mapuche “transparente”; osea que era buena, decía la verdad, era muy honesta. Tenían dos hijas, Martina y Lucila, mellizas de dos años cada una y nacidas a orillas del río mientras Ailin abrazaba un árbol.

Los Tewichis iban a buscar fruta y verdura del otro lado del río porque eran una tribu vegetariana. Para cruzar usaban balsas de caña de azúcar construidas por ellos.

Una noche de verano, con mucho calor y mosquitos, armaron un banquete de frutas y verduras a orillas del río. Hicieron un fogón para cantar sentados alrededor y contar historias de terror. Como no había ramas secas, usaron las cañas de azúcar y el humo blanco que salía del fuego de las cañas hizo muchas nubes gigantes que el viento las movió por sobre el río y al chocar entre ellas, se inició una tormenta con agua de almíbar que cayó sobre el río y lo hizo dulce.

Desde ese día, los Tewichis conocieron el mate dulce y aprendieron a hacer caramelos con leche de cabra, agua de almíbar y frutillas, que usaron para festejar cuando estaban felices porque todavía en esa época no existían los cumpleaños. La receta de los caramelos es un secreto que hasta hoy, la tribu Tewichi sigue guardando y se transmite sólo entre ellos de boca en boca.